sábado, 30 de mayo de 2015

" EL SACADOR DE ESPINAS" Capítulo II (Calle de los Dolores)

Fotografía: Asunción
                                       

Las delineadas piernas de Jasone temblaban como luna reflejada en agua turbulenta. Se encontraba ahí, frente a ese ruinoso edificio sin número en la calle de los Dolores. Por un instante, que por otra parte le pareció eterno, soportó un desmedido peso corpóreo; pavor, excitación, canguelo y desconfianza acababan de poseerla de pies a cabeza. Todos estos ingredientes fueron caldo de cultivo, originaron que se quedara parada en seco, erizada. Cuando parecía que se iba a mantener así perpetuamente, convertida en una estatua pétrea, vino oportunamente a visitarle Esperanza, esa amiga  optimista que convierte el estado de ánimo en certero e ilusionador; fue el empujón que Jasone necesitaba para atreverse, para proseguir, para llegar hasta el final de la aventura.

Subió peldaño a peldaño de esas desgastadas y deterioradas escaleras, construidas en madera de pino. Cada escalón era un no querer oír  su crujir, su lamento. Causaba pesadumbre, aflicción verlas en ese lamentable estado de conservación, que infortunio para esas maderas de pino de Valsaín, con lo que debieron haber sido en otros tiempos.

Se acercaba el momento, iba a conocer en persona al Sacador de Espinas: - ¿cómo sería?, ¿hombre?, ¿tal vez mujer?, ¿atractivo?, ¿fea?, ¿jorobado?, ¿atlético?  Hizo todo tipo de elucubraciones. Fuera como fuese, su doliente corazón espinado se había dilatado en cuestión de segundos, no la cabía en el pecho.

hizo tres respiraciones, así, como el que toma una aspirina por prescripción facultativa, con fines curativos, para fortalecerse. Asió con la mano trémula el singular llamador, su diseño era una mano de hierro fundido, al estilo de los llamadores de las viviendas medievales de la villa de Pedraza, en la provincia de Segovia, golpeó tres veces certéramente: toc, toc, toc...
Súbitamente se abrió la puerta, parece que las bisagras no se habían lubricado por largo tiempo, a juzgar por el chirriante sonido que emitieron. Pero...¿ cómo?, nadie estaba ahí presencialmente, tan solo se veía un espacio diáfano con luz difusa. Una mansa y deleitosa voz a la vez que categórica y rotunda sentenció: - "Pasa, Jasone, se me ha hecho larga la demora, te estaba esperando".
y así, Jasone, entró en el inquietante habitáculo. Lo que allí sucedió sólo pueden averiguarlo en el siguiente capítulo de:  "El Sacador de Espinas".

Asunción 

miércoles, 27 de mayo de 2015

PALETA DE COLORES (Preámbulo)

Fotografía: Asunción
                                            


Era una noche de grillos; acechaba la oscuridad de la noche, la negrura del crepúsculo. En verdad, impresionaba ver a tan distinguida dama toda vestida de negro para la ocasión, para que vamos a engañarnos. Pero, Jasone, no se dejó intimidar; subió al desván, abrió el vetusto baúl de madera y latón decapado, que se ubicaba arrinconado junto a Rita, una araña peluda que tuvo el gusto de tejer su tela en ese ángulo, familiar, la araña, digo. 



Localizó la paleta de pintor de brocha fina guarnecida debajo de una manta zamorana, por la que parecía que el tiempo se había detenido, estaba impecable. 



Mirando a su alrededor se dio de bruces con todos los afables y tiernos recuerdos, también halló alguno injusto y perverso, pero a estos últimos no les prestó atención, no les hizo caso, así, desairando. 


Allí estaba, impertérrito e inerte el trasnochado tocadiscos, aquel que tanto le costó conseguir, viendo pasar el tiempo como la Puerta de Alcalá, . Ahora estaba lidiando con cien mil partículas de polvo y una sábana ¿blanca?, sus puntas hacían malabares para no rozar el suelo, bailaban la sardana. Asió ésta por una de sus piernas bailarinas, le desenfundó. Junto a él se apilaban algunos discos pretéritos; ¡¡ my God!! Louis Anstromg y "un beso para construir un sueño". Le escuchó con deleite, con devoción, por veces repetidas. Le asaltó la nostalgia, un kilo de morriña gallega y tres cuartos de saudade portuguesa ¡¡¡ ay...!!!


Encandilada y endulzada por el soberbio y elevado sonido de la trompeta y la voz del músico de jazz orleanniano , tomó la paleta con la mano diestra, destapó los botecitos de pigmento y derramó la pasta oleosa sobre ella. Así nació el primer beso de color, el primer beso de color de los muchos que vendrían. Besos dedicados a él, besos cómplices, de amor, clandestinos, entes del alma. Pero esto ya forma parte de la siguiente historia: "Beso de color grana".



Asunción 


Louis AnstroMg " Un beso para construir un sueño."


lunes, 25 de mayo de 2015

"EL SACADOR DE ESPINAS" Capítulo I (La Misión)

Dibujo: Asunción

Ella decidió, unilateralmente, que el tiempo, componente espacial y temporal, había caducado para ambos.
Después de tres días y tres noches de infructuosa espera tomó la decisión de dejar de pisar charcos rebosantes de agua salada, etéreos, aparcar las melancólicas KatiusKas de goma blanda.

Abrió las ventanas a la mañana, permitió que la brisa fresca, casi relente, poseyera su debilitado cuerpo, su cuerpo de gata encelada, dejó que el vendaval la preñara.

Las notas musicales del tema "La Misión", de Ennio Morricone, se hacían el amor por los rincones de la casa. Es entonces cuando, Jasone, embriagada por la afinada melodía encontró la clave: - un profesional, "mi misión", encontrarlo.

No demoró lo más mínimo, desnuda, descalza como acostumbraba a moverse ágilmente y sin ataduras por la casa, tomó entre sus manos delicadas, cultivadas, el libro amarillo de los profesionales. 

No fue una tarea fácil dar con el experto adecuado, todo tipo de técnicos se mostraban frente a sus negras pupilas, las dilataban. Que si gigolos a domicilio predispuestos a todo tipo de rituales amatorios; polis malos con grilletes de acero galvanizado con garantía de esclavitud y sumisión; escanciadores de sidra asturiana, para derramar en cuerpo y alma; bomberos que apagaban fuegos corpóreos, sin agua; enfermeros de amores perdidos; ingenieros del corazón partido garantes de buenas reconstrucciones. 

Jasone, estaba a punto de cejar en el empeño. De repente apareció, allí estaba frente a sus dos luceros brunos la solución al angustioso contratiempo: " El sacador de espinas".

Convencida de que después del tratamiento, al que sería por supuesto sometida, quedaría totalmente restablecida de sus dolencias, de sus heridas, brújula en mano puso rumbo a la consulta del sacador de espinas. 

Llegó finalmente con el pobre corazón espinado saliéndosele por la boca. 

Una placa, en la calle de los Dolores sin número, indicaba que ya se hallaba en el lugar elegido.


Asunción


Ennio Morricone "La Misión."